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La fresca brisa del atardecer corría suavemente entre la jarcia. El velero, la ilusión de toda una vida avanzaba perezosamente a través de la marejadilla con un leve vaivén que apenas molestaba a sus ocupantes que a esas horas reposaban después del ajetreado día, el cual había transcurrido entre chapuzones en las cálidas aguas, sesiones de buceo y cerveza helada.

Elena, una mujer de treinta y cinco años, conservaba aun un gracioso cuerpo de formas redondeadas y atractivas. Era una de esas chicas de facciones delicadas, pequeñas, y sutiles. En todo su rostro no destacaba nada en particular, labios, nariz, ojos, pómulos, eran menudos, pero graciosamente perfilados y proporcionados. El cuerpo, también menudo y bien torneado lucia bajo el sol del atardecer.

Desde su posición en la bañera David observaba el escorzo de la chica que tomaba el sol sobre la cabina del barco. El barco gobernado por el piloto automático no requería ninguna atención por su parte, salvo otear la proa por si surgía algún obstáculo en la derrota. No eran infrecuentes las artes de pesca caladas por los pescadores de los pueblos ribereños.

Era difícil pues abstraerse de las redondeadas formas que se tostaban al sol, débilmente cubiertas por el pequeño tanga. Ella que siempre había odiado las marcas del sol en su cuerpo, desde la popularización de este tipo de braga, la prefería a la total desnudez.

Reposaba Elena, boca a bajo, con las piernas ligeramente separadas, mirando a la proa de la embarcación. David, pues podía observar el dulce recorrido de la fina tirilla de tela azul, en su descenso desde la cintura hasta el lugar donde con dificultad cubría su sexo.

Desde que se depilaba la vulva, David sentía un extraordinario placer en recorrerla suavemente con su lengua. Era extraordinaria la suavidad de aquellos labios, carnosos libres de pelo cubriendo la entrada a su gruta.

Sus pensamientos le habían hecho excitarse, y notaba bajo el bañador como se desperezaba el pene y aumentaba ostensiblemente de tamaño.

Orza un poco, ¡está rolando!

Aunque pareciera estar abstraída, Elena no dejaba de percibir las sensaciones que transmite el viento a bordo de un velero. David salió de su ensimismamiento, corrigió el rumbo y ella de nuevo parecía dormitar.

Hacía calor, calor húmedo, y el viento procedente de tierra era cálido. Ajustó de nuevo el piloto automático, se desprendió del bañador y se dio una ducha en la popa del barco. El agua fresca pareció recobrarle mientras observaba la suave estela que surgía del barco.

Bajó a la cabina, saco una cerveza de la nevera y subió, sentándose junto a ella. Aun faltaban unas dos horas, si se mantenía el viento, para llegar a puerto, y en los alrededores no se observaban apenas embarcaciones. Solo una neumática con alguien buceando en torno a ella.

Posó una mano sobre su espalda, y fue descendiendo, salto la tela del tanga, y recorrió la suave elevación de un nalga, yendo a detenerse el pliegue que esta formaba con el incipiente muslo.

Elena que en un principio no se había movido sintió en su estómago un leve cosquilleo. Casi sin darse cuenta, y en un movimiento que ella creía casi imperceptible separo levemente los muslos. Se ofrecía al hombre. En pocos segundos se encontró excitadísima y su sexo se humedeció. Por su mente empezaron a desfilar escenas de sexo, en las cuales era penetrada mientras mantenía en sus manos los penes de dos fuertes jóvenes poderosamente dotados. Estaba a punto de perder el control sobre sí misma pero se contuvo y permaneció allí a la espera.

A David le gustaba torturarla, en el buen sentido, fue totalmente consciente del movimiento de apertura de muslos y del estremecimiento de la chica. Pero precisamente por ello no se aceleró y mantuvo la caricia casi púdica, en el pliegue de la nalga. Observaba ahora los labios carentes de vello que abrazaban la tela. Su erección era ya considerable y sabía que ella estaba ya deseando que deslizara los dedos hacía el centro, apartara la braga y acariciara su ya mojado sexo metiendo los dedos en la vagina y en el ano.

Pero el quería desde hacía tiempo algo mas. Algo a lo que Elena se había opuesto siempre y que le traía loco de excitación desde hacía tiempo. Deseaba poseerla por detrás. Deseaba excitarla hasta límites insospechados, introducirle los dedos lubricados por el estrecho agujerito, cosa que a ella le gustaba, y finalmente penetrarla analmente.

Estaba dispuesto a jugarse todas las bazas aquella tarde, y no dudo en continuar remoloneando mientras ella seguía aumentando su excitación y deseando que pasara a mayores.

¡No podía ser! Estaba apunto de explotar y David seguía sin atacar, parecía pensando en otra cosa, pero no era así, ya que sus dedos continuaban jugueteando por allí abajo, aunque sin llegar a donde ella deseaba ya con todas sus fuerzas.

No acostumbraba a tomar la iniciativa, pero aquello era demasiado. Se volvió le empujo de los hombros, se colocó de pie sobre él con una pierna a cada lado, se saco el tanga del pliegue de la nalga, y sin mas preámbulos se puso en cuclillas dirigiendo el erecto pene hacia su vagina y se dejo caer con todo su peso. El miembro la llenó, fue violento, los testículos se aplastaron contra ella al engullir por completo el erecto pene. Estaba, ahora sí, fuera de control. Gritaba mientras se alzaba para volver a desplomarse sobre David con violencia. Sus pechos bailaban al son de las acometidas subiendo y bajando rítmicamente. Sus jugos mojaban literalmente los testículos del hombre que miraba desde su privilegiada posición como los labios abiertos tragaban su miembro hasta hacerlo desaparecer por completo a cada vez.

Deslizó la mano por detrás y comenzó a excitar el ano de la chica. Mojaba los dedos en los líquidos que allí se generaban y los introducía por el pequeño agujero posterior. Le sorprendió la especial facilidad con que aquella tarde entraban, otros días le costaba más trabajo. Pero en aquel momento apenas si encontraban resistencia. Prácticamente la tenia sometida a una doble penetración con sus dedos y su sexo.

¡Ahora o nunca! Pensó.

En una de las elevaciones, vio como David la sacaba. ¿Por qué lo hacía? Pero casi a continuación, casi sin darse cuenta fue consciente de que el glande, que hacía un momento martilleaba su útero, ahora presionaba de forma implacable su pequeño agujero.

Intento levantarse, pero David la retuvo. Sintió dolor. El esfínter se dilataba bajo el empuje de la sonrosada y lubricada cabeza. Volvió a intentar zafarse de aquello, pero tampoco pudo. Un dolor muy agudo le subía desde detrás. Quiso gritar, pero no lo hizo. Ya estaba dentro, el dolor pasó y un cúmulo de desconocidas sensaciones la inundó. Volvía poco a poco a sentirse excitada y dejo de pelear por liberarse de allí. Las piernas se le aflojaron y comenzó a bajar mientras el miembro la llenaba cada vez mas profundamente.

El dolor había pasado, y ahora el morbo y la excitación la inundaban. Se dejo caer definitivamente hasta sentirse literalmente empalada por detrás. No era dolor, quizás tampoco era placer, pero le gustaba, se encontraba a sí misma poseída como nunca lo había estado antes, entregada al hombre que debajo de ella jadeaba intensamente. Se sentía totalmente abierta.

David le masajeaba los pezones, mientras comenzaba a bombear dentro de ella, se tocó el clítoris y ya definitivamente sintió placer, un placer nuevo y distinto a todo lo anterior. Tomo la iniciativa y inició un movimiento de cabalgadura que la hizo enloquecer. Tuvo varios orgasmos debido a la multitud de estímulos corporales que recibía. Todo su cuerpo se contraía violentamente.

¡Eh, qué bien lo estáis pasando!

La voz sonaba junto al velero, desde la neumática que habían visto minutos antes. Dos jóvenes, de no más de 25 años los observaban divertidos y a la vez excitados. Uno de ellos en bañador tipo slip, no podía ocultar la erección de su pene, apenas contenida por la prenda.

David se revolvió dispuesta a increpar a los intrusos, cuando quedó paralizado por la sorpresa.

¡Si sois capaces de aportar algo, Embarcad, y si no marcharos!

Antes de que David, tuviera tiempo de reponerse, ambos trepaban por la plataforma de baño del velero, tras amarrar su pequeña embarcación en la cornamusa de popa.

La chica en un momento de lucidez, pensó que quizás se hubiera pasado de rosca, pero ya era tarde. Allí frente a ella están ambos presentándose y alabando su cuerpo.

A lo hecho, pecho. Pensó, así que casi sin escucharlos, les puso las manos en las entrepiernas palpando sus miembros erectos mientras ellos comenzaban a recorrerla por todos sitios. Extrajo los penes de sus resguardos y se introdujo uno en la boca sin pensarlo, mientras masajeaba al otro.

Se había olvidado de David, pero pronto lo encontró detrás acariciándola. Nunca había imaginado una escena así, pero era realidad.

Los dos chicos, Juan y Ernesto, aunque ella no había escuchado sus nombres ocupaban sucesivamente la boca de la chica. Ambos eran jóvenes pero sus penes eran totalmente diferentes, Juan lo tenía grande y robusto, bastante mas grande que David. Mientras el de Ernesto era pequeño aunque grueso y totalmente depilado.

Disfrutaba enormemente con la situación, pero por su cabeza no dejaba de circular una idea que la había cegado cuando surgió el grito desde la neumática. Deseaba ser penetrada por dos hombres a la vez. Y ya había decidido quien sería el que la insertase en su ano.

A los pocos minutos, uno de los chicos la acostó sobre la cubierta y enterró la cara en su sexo, jugueteando endemoniadamente bien con el clítoris. Al mismo tiempo el otro se sentó a horcajadas sobre ella e introduciendo el pene entre ambos pechos hacía movimientos de atrás adelante, introduciendo cada tanto la punta en su boca. David, a un lado le acariciaba diversas partes de su cuerpo.

Definitivamente estaba descubriendo la potencia de placer que su propio cuerpo era capaz de hacerle sentir, y que hasta entonces no había ni sospechado.

Estaba a punto de explotar, pero no podía olvidar su idea, la cual tenia fija en la cabeza. Se zafó de los cuerpos que se arremolinaban sobre ella y se incorporó hasta ponerse en pie. Los tres hombres la miraban desconcertados, pero ella tenía muy claro lo que quería. Acostó a David y se sentó sobre él introduciéndose el pene hasta lo mas hondo de su vagina. Luego miró al chico del miembro de mayor tamaño.

Quiero que me folles el culo.

Lo dijo en un tono apenas audible, al tiempo que se doblaba hacia delante con las piernas lo mas abiertas que podía ofreciendo el pequeño esfínter a aquel pene grande y grueso.

El chico se situó por detrás de ella, mojo con su saliva el miembro erecto, y lo apoyó en el apretado agujerito. No había vuelto a pensar en el dolor que le produjo David al introducírselo minutos antes por el mismo sitio, pero ahora estaba allí de nuevo. Y el dolor era mucho mas intenso. La comparación entre los tamaños de los penes de ambos era casi ofensiva. Creía que la iba a desgarrar. El chico empujaba con determinación pero el esfínter no dilataba lo suficiente.

Elena apretó los dientes. El dolor era casi insoportable, pero algo la impulsaba a presionar ella misma contra aquel instrumento de placer y tortura.

Al fin, percibió como el glande se abría camino y penetraba en su interior ajustadísimo. El joven iba ganando terreno centímetro a centímetro. El dolor comenzó a remitir y empezó a ser consciente de que estaba siendo penetrada por dos hombres al mismo tiempo. El tercer hombre se acercó frente ella y le introdujo el pene en la boca, mientras los otros dos comenzaban a bombear de forma rítmica y alternativa.

Sudaban copiosamente los tres entrelazados en su cuerpo femenino. Casi perdió el sentido del tremendo placer que aquello le hizo sentir. Solo recordaba después que el chico al cual se la chupaba le eyaculó en la boca, llenándosela de tibio semen que tragó en parte. Juan eyaculo dentro de ella y finalmente tomó en la boca, sucia de semen, el pene de David, que también le eyaculó, mezclando así su semen con el de Ernesto.

De esto ya han pasado dos años. Poco después se separó de David. Con los dos chicos se ha visto después en muchas ocasiones. Descubrió la potencia sexual de su cuerpo y la ha disfrutado y la sigue disfrutando con total libertad.

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